Al sur de la Sierra de Gredos, a hora y media de Madrid, existe un pueblo de microclima subtropical, calles empedradas y cascadas que bajan de la montaña. Juan del Val y Nuria Roca llevan años construyendo allí algo más que una segunda residencia.
El millón de euros del Premio Planeta no fue a parar a ninguna cuenta de inversión ni a ningún capricho urbano. Cuando Luz Gabás ganó el Planeta 2022 presentándose bajo el seudónimo Hoja de fresno, el destino del dinero llevaba tiempo decidido: la reforma integral de una antigua casa en Candeleda, un pueblo del sur de Ávila que Nuria Roca había encontrado casi de casualidad. La casa había pertenecido al periodista Javier Capitán; ella la vio, supo lo que era, y el resto —años de proyecto, de obra y de espera— quedó pendiente de los fondos necesarios. El premio resolvió esa ecuación de golpe. En mayo de 2026, con la reforma terminada y la pareja hablando del resultado por primera vez, Nuria ha sido directa: ha reconocido que “es un lugar muy mágico, siempre había soñado con tener un hogar así“.

El pueblo de Ávila que parece sacado de La Bella y la Bestia: sus calles son como pasear por un cuento
Adriana Fernández
Candeleda no es el tipo de descubrimiento que se hace consultando una lista. Está ahí, asentada discretamente entre la ladera sur de Gredos y el valle del Tiétar, casi rozando la frontera con Extremadura, con un carácter que descoloca a quien llega esperando la Ávila de siempre. Nuria, arquitecta técnica de formación antes que presentadora, llegó al pueblo, vio la casa y algo encajó de manera inmediata. “Si me enamoro de un lugar y su energía, me quedo. Me ha pasado siempre. Y cuando llegué a Candeleda me pareció un paraíso”, ha contado. Tres hijos —Juan, Pau y Olivia—, dos carreras televisivas a pleno rendimiento y la certeza de que los años pasan: la pareja lleva tiempo eligiendo este rincón como el sitio donde estar sin más obligación que el silencio. La reforma no es un capricho; es la apuesta seria por un lugar al que piensan seguir volviendo.

El pueblo que desconcertó a los que iban buscando Castilla
Pocos municipios de la provincia tienen tanto que explicar antes de que el viajero entre en ellos. La etiqueta “Andalucía de Ávila” no es un reclamo turístico inventado a posteriori sino una descripción climática bastante precisa: naranjos en las plazas, palmeras junto a las iglesias, higueras asomando por los patios interiores. Las temperaturas raramente se desploman en invierno y el calor de verano se gestiona con la sombra de los porches y el agua que baja de la sierra. Quien llega desde el puerto de Candeleda, después de dejar atrás los paisajes de montaña, nota el cambio de aire antes de ver el primer cartel del casco urbano.

La arquitectura tiene lo que uno espera de Castilla —calles empedradas, balcones con macetas de colores, aleros de madera— pero con una luminosidad diferente. No es la austeridad seca de la meseta alta sino algo más templado, más generoso en vegetación, con una proximidad al valle que lo cambia todo. Hay una judería medieval con viviendas del siglo XV conservadas en adobe, una iglesia gótica rural —Nuestra Señora de la Asunción— y un museo que los niños agradecen con más entusiasmo del esperado: el Museo del Juguete de Hojalata, instalado en la Casa de las Flores, con una colección que va más allá de la nostalgia y se convierte en algo genuinamente curioso para cualquier generación. Nuria Roca ha reconocido en más de una ocasión que “cada vez soy más de campo”; en Candeleda esa frase no es una preferencia abstracta sino un hecho geográfico muy concreto. El campo está al doblar la esquina, y la sierra no tarda mucho más.

Agua fría en el valle caliente
Las gargantas explican buena parte del atractivo del lugar. La de Santa María es la más accesible —atraviesa el casco urbano, lo que significa que se puede llegar a ella caminando desde cualquier punto del pueblo sin preparar nada especial— pero no la única razón para calzarse las botas. La de Chilla tiene pozas y cascadas de verdad; las de Blanca y Tejea son menos frecuentadas, más largas, para quien prefiera no cruzarse con nadie en dos horas de camino entre encinas y pinos. Todas bajan de la misma sierra. Todas llevan el agua fría de Gredos al mismo valle caliente, y ese contraste —la corriente helada contra la temperatura del aire— es una de esas cosas que no se explican bien en un artículo pero que el cuerpo recuerda durante días.

Más arriba, fuera ya del núcleo urbano pero integrado en la historia del municipio, el castro celta de El Raso es uno de los yacimientos vetones mejor conservados de la península ibérica. No tiene la visibilidad de otros sitios ni grandes infraestructuras museísticas, pero tiene algo que vale más para quien llega sin demasiados esquemas previos: las vistas al pico Almanzor, que con sus 2592 metros es el punto más alto de la Sierra de Gredos, con el yacimiento en primer plano y la montaña cerrando el horizonte por completo. La historia que se cuenta aquí —la de los vetones, los pueblos celtas que habitaron estas tierras antes de Roma— encaja de manera extraña con el paisaje, como si el lugar hubiera preservado algo de aquella lentitud.

A cinco kilómetros del casco, por una pista que asciende entre encinas hacia el bosque, el santuario de la Virgen de Chilla cierra bien cualquier tarde. La ermita está integrada en el monte con una arquitectura sencilla que no compite con el entorno sino que desaparece en él. Candeleda tiene ese equilibrio que no abunda: pueblo con vida propia y, al mismo tiempo, puerta de entrada a una naturaleza de la que uno regresa con la sensación de haber tardado demasiado en llegar.

Para organizar el viaje
La distancia desde Madrid es de hora y media en coche, bajando desde la A-5 y tomando la N-502 hacia el valle del Tiétar. El tramo final, desde el puerto hacia Candeleda, forma parte del viaje en sí: la transformación del paisaje —de la piedra y el frío de la sierra al verde y el calor del valle— es visible y gradual, y vale la pena no hacerlo con prisa.

Para comer, el producto local más diferenciado es el pimentón artesanal de Candeleda. Comparte historia y tradición con el de La Vera extremeña —son territorios vecinos que formaron parte del mismo ecosistema durante siglos— pero tiene elaboración propia, y los productores del pueblo lo reivindican con razón. Aparece en las patatas revolconas, el plato con el que más fácilmente se entiende qué es la cocina de esta zona: contundente, sin complicaciones, hecho con el pimentón de siempre. En La Taberna de la Vera, en la calle Real, las hacen bien, junto a un queso de cabra a la plancha con miel que merece un hueco en cualquier orden del día. El cabrito al horno es el plato de los domingos y las ocasiones; en esta zona conviene preguntarlo antes de sentarse, porque no siempre está en carta.
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Para quedarse, El Vergel de Chilla es la apuesta más cuidada: casas de estilo rústico y provenzal con piscina, en un entorno que justifica la visita por sí solo. El Hotel Nabia tiene una ubicación privilegiada en plena naturaleza con vistas a la sierra y el funcionamiento tranquilo de los alojamientos que llevan tiempo sin necesitar grandes aspavientos. Las Terrazas de Chilla, junto al santuario, es para quien quiera amanecer con el bosque encima y el pueblo a los pies. Hay sitio para todos los ritmos, que es otra forma de decir que Candeleda no exige nada en concreto. Solo que se llegue.

